“Jamás
había comido una fruta más dulce que su boca, ni acariciado una seda más suave
que su piel”...

La espera se me está haciendo eterna, estoy ansioso por ver a Nathan. Está preparando el desfile de la nueva colección y cada día vuelve más tarde a casa. Pero cuando llegue, cenaremos y después iremos directos a la cama a celebrar nuestro primer aniversario. Los dos desnudos, frente a frente... la elipse de su boca deshebrando palabras mudas... sus brazos de hiedra invitándome a la humedad de su follaje... el enjambre invasor de sus dedos en mi piel, haciendo de mí una ofrenda sexual a los Dioses del placer universal... cuando hacemos el amor, Nathan siempre me transporta al universo de las emociones y sensaciones más extremas, haciéndome acariciar la utopía del paraíso. Cada vez que la cálida y húmeda lengua de Nathan hurga en todos los entresijos de mi cuerpo, produce en mí un placer tan rabiosamente agudo, que me lleva a tal desasosiego sexual, que sólo se me calma cuando mi joven de bella y hedonista masculinidad, me cubre con su musculado cuerpo para poseerme, con la altanería de un caballero medieval tomando posesión de su sumiso vasallo. Sumiéndome en una felicidad exultante.
Cristian
aún no sabe que no muy lejos de allí, unos cabeza rapadas de ideología nazi han
apaleado sin piedad con bates de béisbol a un joven que llevaba una bonita tarta de trufa con un corazón
de fresas con una vela de aniversario en el centro del corazón... la roja y
acuosa sangre de Nathan va manchando las cuartillas de los bocetos de los vestidos
del desfile dispersos sobre el asfalto... En el aire aún resuenan los gritos
histriónicos de: -¡Maricón¡...¡ Matemos al comepollas !...-
Antes que el corazón de Nathan de su último latido, con un débil hilo de voz, grita al viento el nombre de CRISTIAN.
Cristian
mira amorosamente una fotografía de Nathan... Navega sin remedio en sus ojos
avellanados como si fueran éstos los umbrales de la vida eterna, y la felicidad
sin fecha de caducidad. Y suspira... Han sido trescientos sesenta y cinco días
de intenso goce sexual. Sintiendo sus pieles, sudores, olores, deseos más
ocultos... compartiendo las caricias de sus manos, las sonrisas de sus labios.
Sin necesidad de nada ni nadie más. En los que lo ordinario de cada uno de sus
días se convirtió en extraordinario.
Jaume
Serra i Viaplana.